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por Juana Guerrero

Son las cuatro de la tarde y eso quiere decir que empiezan las tareas escolares. Las mañanas son más acertadas para esto, pero dentro de la negociación solo pude manejarme entre que las hiciera o no, y aunque la segunda opción iba ganando (me pilló flojita, ya saben que se vislumbraba el apocalipsis, y a quién le importaba las tareas, carpe diem!!!) , finalmente aceptó un sí con condiciones: las tardes.

Hacer las tareas con tu criatura, es…no sé cómo definirlo…¿Cómo ir al Mercadona en hora punta sin mascarilla?. Que conste que enseñar es algo que me encanta,  pero hacer las tareas con tu hijo no va de enseñar, sino que se trata de una lucha de poderes: madre e hijo; ambos y los medios virtuales, también llamados classroom o aula virtual.

A ver, querido y ahora más que nunca respetado profesorado, ¿qué necesidad había de meternos en este berenjenal con lo que ya venimos soportando en casa con el enclaustramiento?. Si las criaturitas están aprendiendo en casa lo más grande con esta situación: creatividad (con las 4 cosas que nos pilló el encierro hacen virguerías), educación física (a ver si lo completamos con un cursillo de tapicería que no veas cómo está quedando el sofá con tanto salto), cocina (venga a hacer bizcochos), economía (¿¿mami quiero…??No hay. De eso tampoco. Hay que ahorrar.), política (ya sabe quiénes no son los  buenos y porqué, el nombre de cada ministro/a y sus competencias e incluso sabe de la división de poderes que eso es de 1º de ESO); geografía (el virus está en todas partes) y el cálculo lo practica a diario con las noticias actualizadas de nº de contagiados, nº curados, nº de hospitalizados; incluso ha aprendido a interpretar gráficas con la dichosa curva (ya aplanada, bendita sea). Pues lo dicho, ¿qué más queréis que aprenda?. Pues exactamente lo que encontramos en el aula virtual. Que tardamos de tres a cuatro horas en completar 3 fichas, y ya no solo por los problemas técnicos (que traen lo suyo), sino por los problemas que pone ya saben quién…el niño de mis ojos (llorosos).

Tras invertir un tiempecito en encender los dispositivos electrónicos y sacar el resto de materiales, cada dos palabras (monosílabas) que escribe le saca punta al lápiz. Y lo hace lentamente, muy lentamente, como si estuviera modelando el mejor trabajo de ebanistería. Después por supuesto, tiene la excusa perfecta para levantarse: tirar las virutas a la basura (mami no vaya a ensuciar el suelo). ¿Desde cuándo eso es un problema para él? Ah si, desde las 4 de la tarde. Luego vuelve a su asiento bien despacito y se sienta. Termina de escribir la fecha (que ha consultado varias veces en el calendario) y va a hacer pis, y vuelve y no ha terminado de escribir el primer enunciado y te pide agua y cuando vuelves de la cocina no está escribiendo sino jugueteando con la goma de borrar. Y bebe agua y te pregunta la hora. Ya son las 16:40h y por el amor de todas las diosas, aún no ha respondido ni a una sola actividad¡¡¡, actividad cuyo enunciado te discute, bueno ese y todos , que está en 2º de Primaria pero tiene una capacidad crítica de una de 3º de Derecho, que te debate durante 20 minutos una pregunta que tardaría 4 en responder, y ya son las 16:50 y estoy con la taquicardia. Qué está genial lo de la capacidad crítica, pero no cuando son tus hijos. El reloj suena. Son las 5 de la tarde. ¿un descansito? Eso me pide…”pa´merendar”, acompañado de morritos y cabeza ladeada mirándome a unos ojos a punto de salir de sus cuencas. ¿Descansito?, ¿pero de que se ha cansado, de sacar punta?. Lo consigue, después de hacer el primer ejercicio (recuerden la lucha de poder) porque desestabilizarme emocionalmente el rato de antes da sus frutos. Soy yo la que necesita ese descansito, para hundir mi cabeza un rato en el lavabo rebosante de agua fría. Merienda, ya se pueden imaginar a qué velocidad…mi hijo que es el Diablo de Tasmania durante cualquier comida, en la merienda se convierte en Piolín. Yo cojo aire. El agua fría me ha sentado bien. Soy la adulta. Puedo controlar la situación. No puedo presionarlo no vaya a aborrecer el cole, es mejor que parezca que él decide hacerlo a voluntad: ¿Cariño, seguimos?, (usando mi más expresiva sonrisa arcaica). No contesta. Recuerdo esos consejos “tan útiles” que comparten en el chat del colegio sobre animar a los niños a dibujar las rabietas para aprender a gestionarlas. ¿qué rabieta?, si la rabieta la cojo yo, que éste está aquí encantado. Y como yo dibuje mi ira…, como yo la dibuje…me va a faltar rotu negro. Ahrrrrrr.

Vale, seguimos. Pero antes se lava las manos y al volver, por el camino, acompaña alegremente una pelusilla, que creo que ha puesto ahí intencionalmente. Yo ya tengo humeante mi infusión Relax. 17:45 escribe el enunciado de la actividad Nº2. – “Mami esta ya la hicimos otro día”. – No cariño. – Sí mami. Y la busca y la busca, mientras yo doy pequeños sorbos a mi infusión.- Cariño da igual, la seño querrá que la hagáis otra vez-. No la encuentra. Las 18:00h, “pues no, mami, no está”. Accede a hacerla. -¿me está saliendo bonita la letra?-. – Muy bonita-  (apretando mandíbula). ¡Ya hemos terminado lengua! . Ahora lectura. ¿Creen que podré escapar un rato?. No he levantado mi culo del sofá cuando dulcemente me pide quedarme a mirarlo mientras lee. Si, mirarlo, porque la lectura es en silencio. Y ahí me quedo, paralizada, no vaya a ser que rompa el ritmo de estudio del pequeño. Se acercan las 19:00h y aún faltan dos asignaturas. Yo no puedo más, temo empezar a hiperventilar. El padre corresponsable ha calculado mal y ha llegado justo a tiempo de su habitual compra vespertina (siempre sale a comprar de tardes…¿casualidad?). Así que, empieza lo que inauguré en la 3ª semana, ante la inexistencia de psicofármacos, ¡¡la hora de papi¡. Pero se vayan a creer que ese ratito lo tengo de relax. Se equivocan, porque la criatura para cada operación resuelta requiere de una segunda opinión. Si, la mía. Porque, para él, aunque papi fuera ingeniero aeronáutico no tiene ni idea de sumas con llevada. Confieso que he llegado a llorar. Estoy del “mami” saturada. Muy saturada. -Mami, ven-,- mami, mírame-, -mami mira como juego-, -mami, cuenta cuanto tardo en …-, -mami, una pregunta…-. Mami, mami…mami, mami…que mi canción de la cuarentena no es el Resistiré, que esto yo no lo voy a poder aguantar, sino un reguetón del malo. En fin, que esto más que un confinamiento es una penitencia, que yo antes de todo esto deseaba pasar más tiempo con mi hijo, pero no tooodo el tiempo. Aprovecho para pedir desde aquí al gobierno que dictamine una especie de desescalada interna para los hogares, que es lo único que no han regulado. A ver si pueden imponer la distancia mínima de seguridad aquí dentro, de modo que entre los miembros de una misma unidad familiar haya unos 2 metros de distancia, asi como mi casa es chiquitita lo mismo consigo tener un cuartito pa´mi sola, aunque de vez en cuando tenga que atender alguna duda del chiquillo por videoconferencia, que eso lo veo yo más manejable, porque con quedarme sin batería en el móvil pa las cuatro de la tarde tengo bastante. Lo mismo así me podría leer algún librito en este tiempo más allá del de “Los Cinco”. Que yo lo digo por romper esta dependencia pelín enfermiza y potenciar la autonomía del peque, se vayan a pensar que yo soy mu´malamadre.

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